Jeffrey Dahmer ocupa un lugar recurrente en documentales, producciones de ficción y contenidos sobre criminalidad. La brutalidad de sus actos facilita que alrededor de su figura aparezcan rápidamente términos como psicópata, sádico o perverso.
Desde la psicopatología, sin embargo, la cuestión es bastante más compleja.
Una conducta sexual o criminal que socialmente puede calificarse como perversa no permite concluir, por sí sola, que exista una estructura clínica perversa. Describir lo que una persona hizo y tratar de comprender la lógica subjetiva que podría organizar esos actos son operaciones diferentes.
Esta distinción fue el punto de partida de un trabajo que realicé durante la Especialización en Psicología Forense de la Universidad de Buenos Aires, en el marco de la materia Psicopatología Forense. Allí me propuse analizar el caso de Dahmer desde conceptos psicoanalíticos vinculados con la perversión, el sadismo, la angustia y la psicosis. Markdown pegado
La pregunta que organizaba el análisis podría formularse de la siguiente manera:
¿Los actos de Dahmer permiten pensar una estructura perversa o pueden comprenderse desde una lógica psicótica con manifestaciones de apariencia perversa?
No se trata de establecer retrospectivamente un diagnóstico definitivo, sino de utilizar el caso para pensar una distinción psicopatológica
Para abordar esa pregunta no hace falta reconstruir exhaustivamente cada uno de sus crímenes.
Hay, sin embargo, ciertos elementos del caso que resultan importantes para el análisis.
Desde edades tempranas aparecen en los relatos biográficos el aislamiento, el consumo problemático de alcohol y un interés intenso por cuerpos y restos animales. Más adelante, sus fantasías comienzan a vincularse con la posibilidad de controlar completamente a otra persona y evitar que pudiera abandonarlo. Markdown pegado
En la adultez, esta lógica adquiriría formas extremas. Dahmer sedaba a sus víctimas y, posteriormente, desarrolló procedimientos destinados no solamente a asesinarlas sino también a conservar sus cuerpos o partes de ellos. En sus propios relatos aparece reiteradamente el deseo de que esas personas permanecieran con él y, en algunos casos, la fantasía de convertirlas en seres pasivos y completamente disponibles.
Este aspecto es particularmente importante.
Si solo observamos la violencia de los actos, podríamos describirlos rápidamente como sádicos. Pero desde una perspectiva estructural resulta necesario formular otra pregunta:
¿qué función cumplían esos actos para el sujeto?
Para abordar esa pregunta no hace falta reconstruir exhaustivamente cada uno de sus crímenes.
Hay, sin embargo, ciertos elementos del caso que resultan importantes para el análisis.
Desde edades tempranas aparecen en los relatos biográficos el aislamiento, el consumo problemático de alcohol y un interés intenso por cuerpos y restos animales. Más adelante, sus fantasías comienzan a vincularse con la posibilidad de controlar completamente a otra persona y evitar que pudiera abandonarlo.
En la adultez, esta lógica adquiriría formas extremas. Dahmer sedaba a sus víctimas y, posteriormente, desarrolló procedimientos destinados no solamente a asesinarlas sino también a conservar sus cuerpos o partes de ellos. En sus propios relatos aparece reiteradamente el deseo de que esas personas permanecieran con él y, en algunos casos, la fantasía de convertirlas en seres pasivos y completamente disponibles
Este aspecto es particularmente importante.
Si solo observamos la violencia de los actos, podríamos describirlos rápidamente como sádicos. Pero desde una perspectiva estructural resulta necesario formular otra pregunta:
¿qué función cumplían esos actos para el sujeto?
En el lenguaje cotidiano, la palabra perversión suele utilizarse como sinónimo de crueldad, desviación sexual o conducta moralmente aberrante.
En psicoanálisis tiene un sentido diferente.
Cuando Lacan aborda la perversión, no la define simplemente por el contenido de una práctica sexual. El problema central pasa por la posición que ocupa el sujeto respecto del deseo, el goce, la ley y el Otro.
En el Seminario 11 señala que la perversión se define por la manera en que el sujeto se sitúa en relación con la pulsión.
Esto implica una consecuencia importante para el análisis forense: dos personas pueden realizar conductas externamente similares y, sin embargo, esas conductas cumplir funciones psíquicas muy diferentes.
Por eso no alcanza con describir un acto para inferir automáticamente una estructura.
Dentro del problema de la perversión, el sadismo resulta especialmente relevante cuando pensamos determinados fenómenos criminales.
En la lectura lacaniana desarrollada en el trabajo original, el sádico no puede reducirse simplemente a alguien que “disfruta provocando dolor”. La escena involucra una relación particular con el otro y, especialmente, con su angustia.
La víctima no funciona solamente como un cuerpo sobre el cual ejercer violencia. La angustia del otro ocupa un lugar específico dentro de la escena.
Lacan plantea que, en el fantasma sádico, la angustia de la víctima puede aparecer como una condición de la escena.
Desde esta perspectiva, el problema deja de ser cuánto dolor produce alguien y pasa a ser qué posición ocupa ese sujeto dentro de la escena que construye.
En la perversión, el sujeto puede ubicarse como instrumento de un goce atribuido al Otro. La división, el padecimiento y la angustia quedan localizados fundamentalmente del lado del partenaire.
Es aquí donde el caso Dahmer comienza a presentar dificultades para una lectura exclusivamente perversa.
Una de las características más llamativas de sus declaraciones es la insistencia en conservar a sus partenaires.
Dahmer sostuvo que deseaba que permanecieran con él. Incluso llegó a intentar procedimientos destinados a eliminar su voluntad conservando sus cuerpos vivos y disponibles. Esos intentos provocaban finalmente la muerte.
Este punto modifica considerablemente la lectura.
Si pensamos el sadismo únicamente como búsqueda del sufrimiento de la víctima, algunos aspectos del caso quedan sin explicar.
El objetivo declarado no parece haber sido simplemente producir dolor, terror o angustia en el otro.
Aparece algo diferente: la necesidad de abolir la autonomía del partenaire para impedir su separación.
La literalidad con la que esta fantasía se presenta resulta clínicamente interesante. No se trataría simplemente de “querer a alguien para uno mismo” en sentido metafórico. La solución imaginada consiste literalmente en transformar al otro en un cuerpo que no pueda marcharse.
A partir de esta observación, el trabajo original plantea otra hipótesis.
Las conductas de apariencia perversa podrían no constituir necesariamente la expresión de una estructura perversa. Podrían funcionar como una forma de tratamiento de una desorganización de otro orden.
En este punto cobra importancia el trabajo de Jean-Claude Maleval sobre la suplencia perversa en un sujeto psicótico.
Maleval analiza cómo determinadas prácticas de contenido perverso pueden cumplir una función estabilizadora en sujetos cuya organización estructural sería psicótica. La conducta perversa no demostraría entonces una estructura perversa; podría funcionar como una solución frente a fenómenos propios de la psicosis.
Aplicada al caso Dahmer, esta perspectiva permite formular una hipótesis diferente.
La manipulación de los cuerpos, la necesidad de conservarlos y la repetición cada vez más intensa de los actos podrían pensarse como intentos fallidos de regular algo que el sujeto no logra tramitar simbólicamente.
Desde esta lectura, el asesinato no necesariamente constituiría el objetivo último de la escena. En algunos episodios parecería incluso aparecer como consecuencia del intento de producir un cuerpo completamente disponible y sin voluntad propia.
Una cuestión especialmente interesante del caso es la literalidad.
Dahmer expresaba el deseo de que sus partenaires permanecieran con él y llegaran a formar parte de él. Los actos posteriores parecen llevar esa formulación a un terreno radicalmente concreto.
El otro ya no aparece como un sujeto separado con deseos propios, sino como un cuerpo susceptible de ser conservado, manipulado o incorporado.
En el trabajo original propuse pensar que esta característica podía relacionarse con dificultades en la constitución y estabilización de lo imaginario, y que las prácticas de apariencia perversa podían funcionar como defensa frente a una irrupción de goce desregulado.
Desde esta perspectiva, la repetición de los crímenes podría entenderse menos como una búsqueda exitosa de satisfacción y más como una solución que fracasa y que, precisamente por fracasar, necesita repetirse.
La conducta se vuelve progresivamente más intensa porque aquello que intenta regular vuelve a aparecer.
l recorrido conceptual permite entonces formular una hipótesis.
A pesar del contenido sexual, las mutilaciones, la necrofilia y otras conductas que intuitivamente podrían calificarse como perversas, ciertos elementos del caso pueden pensarse como compatibles con una lógica diferente.
El análisis original concluye que el funcionamiento podría ubicarse más próximo a la psicosis, mientras que determinados actos perversos funcionarían como intentos de suplencia o regulación.
Esta hipótesis no convierte automáticamente a Dahmer en un sujeto psicótico ni pretende resolver retrospectivamente su diagnóstico.
Su valor es otro.
Permite mostrar por qué en psicopatología el fenómeno observable y la estructura clínica no son equivalentes.
Un acto puede parecer perverso sin que necesariamente implique una estructura perversa.
Y, del mismo modo, una clasificación descriptiva del comportamiento no necesariamente explica la función subjetiva que ese comportamiento cumple.
Este tipo de análisis permite comprender una diferencia que resulta relevante en el trabajo forense.
La evaluación psicológica no debería limitarse a asignar etiquetas a partir de comportamientos aislados.
La pregunta clínica implica reconstruir relaciones entre historia, modalidad vincular, mecanismos defensivos, posición subjetiva y función de determinados actos.
Eso también supone reconocer los límites de la evaluación.
En un caso histórico como el de Dahmer trabajé con declaraciones, reconstrucciones biográficas, documentos y material producido por terceros. No existe una entrevista clínica realizada por quien escribe este análisis.
Por esa razón, resulta metodológicamente más adecuado hablar de hipótesis de lectura que de diagnóstico.
Esta precaución no debilita el análisis. Al contrario: permite diferenciar una discusión psicopatológica seria de la tendencia contemporánea a diagnosticar personas —célebres, criminales o personajes públicos— a partir de fragmentos de comportamiento.
El caso Dahmer resulta perturbador precisamente porque empuja las categorías clínicas hacia sus límites.
Calificar sus actos como “sádicos” o “perversos” puede describir algunos aspectos de lo ocurrido, pero no necesariamente permite comprender su organización subjetiva.
La perspectiva estructural obliga a formular una pregunta distinta:
¿qué función cumplía aquello que el sujeto hacía?
Desde la lectura desarrollada aquí, la repetición, la manipulación de los cuerpos y la necesidad de eliminar radicalmente la separación respecto del otro permiten considerar una hipótesis en la que las prácticas de apariencia perversa funcionan como una solución precaria frente a una organización más próxima a la psicosis.
No se trata de encontrar una etiqueta definitiva.
Se trata de recordar que, en psicopatología, comprender una conducta exige algo más que describirla.
Lacan, J. (1962–1963). El Seminario de Jacques Lacan. Libro 10: La angustia. Buenos Aires: Paidós, 2007.
Lacan, J. (1964). El Seminario de Jacques Lacan. Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 2007.
Maleval, J.-C. (1995). Suplencia perversa en un sujeto psicótico. La Cause Freudienne, N.º 31.